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  • Raúl Abraham

EL DESAMPARO



Uno de los grandes “misterios de la piedad” al cual Pablo no hizo referencia en el himno citado de la primera epístola a Timoteo (3:16) fueron las palabras de Jesús en aquella cruz antes de entregar Su espíritu:

“Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt.27:46 RVR60).

“Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mr.15:34 RVR60)

Si bien es cierto que nuestro Señor recitó el primer verso de un salmo paralelo registrado ya con anterioridad (22:1a), tal declaración no deja de ser un debate abierto y expuesto a una diversidad de interpretaciones en el campo de la Teología Sistemática, y en especial de la Cristología.

WILLIAM MACDONALD (MR.15:34): “Dios le había desamparado porque en su santidad había de mantenerse separado del pecado. Jesús se había identificado con nuestros pecados y estaba pagando la pena de una manera total”. [1]

BEACON (MR.15:34): “La carga del pecado del mundo, su completa auto identificación con los pecadores, implican no un mero sentimiento, sino un real abandono del Padre. Es en este clamor de desamparo que se revela la plenitud del horror del pecado humano”. [2]

ERNESTO TRENCHAND: “El grito de abandono no es, ni pudo ser: “Padre mío, Padre mío, ¿por qué me has abandonado?” Sino “Dios mío, La separación”, y el infinito sentido del abandono de Cristo al ser sumergido en la muerte consumada, realizado todo en el fuero interno de su alma y espíritu…”. [3]

Ahora bien, teniendo presente que no pudo haber un “desamparo” literal (algo que refutaría la doctrina de la trio-unidad), ni tampoco un Padre “haciendo caso omiso para no mancharse con el pecado” (algo que supondría un absurdo absoluto); cabe interpretar a la luz de los mismos evangelios en que consistió tal declaración.

Según el comentario de la Biblia Textual: [4]

Las letras “lemá” constituyen el registro más antiguo de la transliteración aramea ¿“por qué”? en tanto que “lama” representa la forma hebrea.

El verbo griego es muy expresivo; se compone de tres partes:

· en = dentro,

· kata = abajo,

· élipes = dejaste,

y en aoristo, indica una acción pasada. Es como si dijera: “me dejaste atado y encerrado”.

Tomando esta última referencia, sin desmerecer las anteriores, la pregunta es: ¿Atado y encerrado donde? La respuesta es clara y evidente: en ese cuerpo que había “tabernaculizado” (Jn.1:14 BTX) y en el que se había manifestado al mundo “lleno de gracia y de verdad”.

El precio para certificar tales atributos y la redención de los suyos fue la “copa” que ya había anunciado horas antes en Getsemaní. Se trataba de la ira de Dios que tenía que ser derramada sobre la humanidad (véase Sa.11:5-6; 75:8), pero que Él mismo “bebió” como portador “haciéndose pecado” (2 Co.5:21) y no pecador. Un trago amargo que en ningún momento pretendió eludir (véase Mt.26:28), como algunos suponen; y que en su declaración “si es posible” (Mt.26:39) evidenció simple y llanamente Su única e inseparable voluntad para con Su Padre.

Así Este último lo dejó “atado y encerrado” en aquel sagrado tabernáculo, mientras colgaba de aquel madero, hasta que “vio el fruto de la aflicción de su alma y quedó satisfecho” (Is.53:11). La ira y el pecado no dieron lugar al desamparo de Su Padre, sino la turbación de un alma santa e inocente cargando las transgresiones de todo Su pueblo (véase Mt.26:38). Y una vez experimentada, exclamó con fuerza: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc.23:46). Y fue así como voluntariamente entregó la vida que nadie podía arrebatarle para tres días más tarde volverla a tomar (véase Jn.10:17-18).

Al igual que el salmo mesiánico escrito por el rey David, aquello que comenzó con tribulación (véase 22:1a) terminó con adoración (véase 22:21-31), con un grito de victoria: “consumado es”. Y partir de ahí todo creyente es “más que vencedor”.

RAÚL ABRAHAM, Profesor SBF (España)

[1] William MacDonald, Comentario Bíblico del Antiguo y Nuevo Testamento (Barcelona, España: Editorial Clie, 2004), 606. [2] Beacon, “Relato de la Pasión”, 412. [3] Ernesto Trenchand, Introducción a los cuatro evangelios (Madrid, España: Editorial Portavoz, 2003), Las relaciones del Padre y del Hijo en la crisis de la cruz. [4] Biblia Textual (Referencia Mt.27:46), Sociedad Bíblica Iberoamericana (Corea del Sur: Publicado por Holman, 2012), pg. 1012

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