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¿Fe de Abraham o Fe Tóxica?

 

Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.

- Génesis 15:6

 

 

 Uno de los hombres más grandes de todos los tiempos es Abraham. Tres religiones le tienen como su progenitor espiritual (el judaísmo, el cristianismo y el islam). Para los cristianos es "el padre de todos los creyentes", porque el rasgo más característico de Abraham fue su fe. El apóstol Pablo hizo continuas referencias de ello en sus cartas y Santiago le puso como ejemplo de lo que es un verdadero creyente. ¿Por qué agradó tanto a Dios la fe de Abraham? ¿Qué necesitamos nosotros para tener el mismo tipo de fe?

 

En primer lugar, la fe de Abraham estaba basada en una relación personal con Dios. Esa relación propició que Dios se revelara a Abraham en Ur de los caldeos (Génesis 15:7), en Harán (Génesis 12:1-4), en Siquem (Génesis 12:6 y 7), después de que Lot se trasladó a Sodoma (Génesis 13:14-17), y en muchas otras veces más. Al revelarse a Abraham, Dios ponía una semilla para su fe. Del mismo modo, nuestra fe en Dios debe estar basada en una relación que nos permita obtener revelación, la revelación de Su Palabra. Cuanto más profundizamos en esa relación y en Su Palabra, más se nos revela Dios, más se parece nuestra fe a la de Abraham. Por el contrario, una fe tóxica, no se relaciona con Dios porque lo percibe como un ser frío, riguroso, distante, estricto y exigente, en vez de como un Padre accesible y amoroso.
 

En segundo lugar, la fe de Abraham era una fe obediente. Dios le dijo que saliera de Ur, y él dejó su país para vivir en el extranjero. Dios le pidió que sacrificara a su hijo, y él lo ofreció. La fe de Abraham, no era una fe de boquilla, sino una real y dinámica. Del mismo modo, si queremos tener una fe como la de Abraham, necesitamos dar pasos. Hay ciertas obras que deben desprenderse de aquellos que dicen creer. La mayor de ellas es la obra del amor. Una fe tóxica, sin embargo, se enorgullece, se aísla, se vuelve hipercrítica, hasta el punto de llegar a levantar muros que ponen distancia con otros creyentes y con los no creyentes.

 

En tercer lugar, la fe de Abraham era una fe que confiaba. Abraham confió en Dios, no en sus capacidades. El versículo que leíamos al principio dice que “Abraham creyó a Dios”. Abraham no fue justificado (declarado inocente) por sus méritos, dones, habilidades, logros, doctrina…sino por su fe, por su confianza en Dios. Del mismo modo, nosotros, si tenemos fe, habrá ciertas obras que tendremos que realizar, pero Jesús nos enseña que aún cuando hagamos todo lo que tenemos que hacer, seguiremos siendo indignos. Es la confianza en lo que Jesús hizo lo que nos aprueba delante de Dios. Es por gracia, para que nadie se gloríe. Somos tóxicos y nos engañamos al creer que podemos ganar el favor de Dios por cómo nos vestimos, por determinados estilos de música, por lo que damos económicamente o por ciertas disciplinas espirituales.

 

Por último, la fe de Abraham era una fe que crecía. Hubo momentos en los que su fe fue débil. En un par de ocasiones tuvo que mentir para salvar su vida y decir que Sara no era su mujer. En otra ocasión cuestionó a Dios cuando él y Sara no podían tener hijos. Mostró una fe débil cuando mantuvo relaciones sexuales con su sierva Agar. Llegó incluso a pensar que sería imposible para él y para Sara tener hijos, y presentó a Dios la alternativa de que el heredero fuera Ismael, el hijo que le nació en la carne (Génesis 17:17 y 18). Pero Dios fue paciente con Abraham y su fe creció con el tiempo. Contra todo pronóstico fue capaz de ver la promesa cumplida. Incluso cuando se le pidió que sacrificara a su hijo Isaac, no dudó, puesto que creía que Dios lo podía levantar de entre los muertos. La fe de Abraham no se quedó estancada, era una fe creciente. Del mismo modo, nuestra fe tiene que provocar cambios en nuestras vidas. Una fe tóxica se niega a abrazar el cambio. Es por eso que muchos cristianos y muchas iglesias se vuelven irrelevantes para la sociedad. Se enfocan tanto en lo que Dios hizo hace 50 años, que se quedan atascados porque no pueden moverse hacia delante cuando el Espíritu Santo da nuevas pautas. Se convierten en odres viejos, y Dios debe encontrar vasijas más flexibles.

 

¿Por qué necesitamos tener la misma fe que Abraham? Porque de otro modo no podremos ser bendecidos como lo fue Abraham. Los que tienen la fe de Abraham, son en realidad los beneficiarios de la promesa que se le hizo a él: “serán benditas en ti todas las familias de la tierra”.
 


 ¿Qué tipo de fe tienes tú?

 

Pedro David Alves

(Profesor, SBF ESP)

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